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Los mexicanos tienen un problema, y es que e cuestión de playas, están terriblemente consentidos. Tienen tantas y tan hermosas que cuando viajan al sur de Asia o a las costas mediterráneas, se preguntan cuál era el chiste, y extrañan la sabrosura de las suyas: en Quintana Roo, el arrecife, la cultura maya, las pirámides en la selva plana y misteriosa frente a un mar dulce, aunque aguerrido y huracanado de vez en cuando; en el Golfo, las costas de Tampico y la verde de Veracruz: de Tabasco y Yucatán, la intensidad. La Costa Oeste no tienen fin, desde Chiapas hasta Baja California, siempre mirando hacia Asia, al atardecer, al Océano Pacífico menos, por supuesto, el Mar de Cortés, que mira hacia sí mismo: el gran acuario del mundo, la mayor reserva marina protegida, adonde vienen a parir las ballenas grises. En todas, las palapas, las cervezas, los deliciosos platillos costeños, la música, los cocos fríos, las hamacas, la gente o nadie ni nada en kilómetros a la redonda. Arenas blancas, rosas, grises, doradas. Escoger 10 playas ha sido una difícil tarea.
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